Mis padres no murieron cuando yo era un niño. Tampoco se separaron.
Mucho menos peleaban delante de mi. Mis amigos tampoco murieron antes
de tiempo. Incluso mis abuelos murieron muy viejos, en una cama llena
de sábanas blancas. Entonces tuve que inventar mis desgracias para
crecer.
Crecí más lento que el resto de las personas. Inundado por
angustias de origen desconocido. Pasé muchas horas mirando la
nada. Recostado en una cama, sentado a una mesa, hundido en un sillón,
mirando por la ventana al patio, con una manguera en la mano, tirando
agua a las plantas, sin pensar en nada. Viajando a través de capas
amorfas. Traspasando una tras otra, para encontrar otra
exactamente igual a la anterior, un poco más densa, un poco más lejana,
de la que resultaba tanto más difícil volver. Así pasé infinitas horas
enamorado de mi abismo.
Últimos comentarios